EFA Torrealba

Misa de Acción de Gracias

HOMILÍA DE LA MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR EL CINCUENTA ANIVERSARIO DE TORREALBA, EN LA IGLESIA DE SAN NICOLÁS, EL VIERNES 14 DE DICIEMBRE DE2012

QIglesiaSNicolasdelaVillaué alegría, hermanos, estar unidos aquí, en Cristo, para esta Eucaristía de acción de gracias en el cincuenta aniversario de Torrealba, y para implorar el impulso futuro de este Centro de Promoción Rural. Nos hemos congregado en esta hermosa ciudad bañada por el Guadalquivir y en la sierra recostada, y en este templo de San Nicolás de la Villa, que recuerda la presencia, en 1938, y la oración de San Josemaría por los que habíamos de venir después a desarrollar el apostolado del Opus Dei en Córdoba.

Fue al comienzo del cuarto curso académico, en 1965, cuando me incorporé a Córdoba y a la tarea de Torrealba y, con mayor o menor dedicación, permanecí por doce años, y afectivamente sigo “colado” por esta encantadora labor. Permitidme algún recuerdo: había recibido la ordenación sacerdotal el año anterior, después de terminar la carrera de arquitecto y dedicar cuatro años más, dos en Roma y dos en Madrid, de formación filosófica y teológica para el sacerdocio. El primer encuentro con Torrealba en aquella antigua Hacienda de San Eduardo me produjo cierto desencanto. Era todo tan sencillo y pequeño: una elemental casa de campo en la que no faltaba el tractor y una vaca con su becerro para las clases prácticas de los alumnos, y pocas cosas más. Tenía la casa una habitación convertida en oratorio, sencillo pero digno, excepto el cuadro de la Virgen que lo presidía: una Inmaculada clásica pero tan poca cosa y tan ennegrecida que no inspiraba devoción. Después de buscar alguna pintura de más calidad y mayor tamaño sin éxito compré un tablero de 150x150 cms y pinté una Virgen con el Niño, y San José en segundo término: un descanso en la huida a Egipto. No tuve ninguna dificultad con el dibujo, soy ducho, pero de pintura no conocía la técnica. Con una témpera que no se agarraba a la superficie del tablero hice lo que pude. El cuadro sirvió bastantes años, hasta que se hicieron cosas más definitivas, ya en Almodóvar.

Estábamos entonces en los comienzos del quehacer de un ilusionado grupo promotor: unos pocos cordobeses ligados profesionalmente o vitalmente con el campo. Contaba también el interés y la dedicación de todos cuantos participábamos en el proyecto de Torrealba, empeñados en hacer técnicamente bien las cosas, con espíritu sobrenatural, pendientes de la ayuda divina. A lo largo de los años el camino ha sido complicado y las fórmulas y programas pedagógicos cambiantes. De hecho, el Centro ha llegado a una etapa de madurez en su desarrollo y deja una marcada estela de hombres titulados por Torrealba, esparcidos en puestos de futuro de amplia geografía.

Lo que se veía entonces y se sigue percibiendo hoy, de aventura humana y divina en este quehacer de promoción en el mundo rural, tiene un secreto, un impulso de gracia de Dios. Todo comenzó por la sugerencia de San Josemaría a sus hijos cordobeses, con palabras de este  tenor o muy parecidas: ¿no podríais hacer una labor formativa de promoción social y ocasión de apostolado personal con personas de vuestra tierra tan ligadas a la agricultura?

El desafío estaba echado, y comenzaba a hormiguear en la mente y en los corazones de los hombres de estos campos que tan bellamente describe Góngora: “¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas,/Que privilegia el cielo y dora el día!/¡Oh siempre gloriosa patria mía,/ Tanto por plumas cuanto por espadas!”. No enmiendo al poeta pero añado “Por espadas, sí, de las tareas santificadas” ¡Queridos cordobeses y cordobesas!

Era el impulso de San Josemaría, sereno pero sin pausa. Había que comenzar y a la vez mirar lejos. Era el “caritas Christi urget nos” paulino, que llevaba al Fundador del Opus Dei a la tarea de abrir a los hombres los “caminos divinos de la tierra” y a difundir la acción apostólica en todos los ambientes de la sociedad. Era la respuesta al querer de Jesús manifestado a sus discípulos: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he puesto para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca”, texto del evangelio de San Juan reiteradamente meditado y predicado por nuestro Padre.

Cómo se metía en el evangelio, como un personaje más decía San Josemaría, y cómo vivía y animaba a vivir el evangelio en la actuación de los cristianos. Qué entusiasmo le producía ver el espíritu del evangelio, y a fortiori el espíritu del Opus Dei, abrirse camino en todas partes. Lo recuerdo en Roma atento a las primeras vocaciones que llegaban de países donde se estaba comenzando la labor de la Obra. O volcar su interés en los que tenían un trabajo profesional singular, poco común, que venían a ser como los primeros cristianos, pioneros en el propio ambiente: un novelista, un investigador, un deportista de élite, mineros o agricultores.

Por la urgencia de llegar a todos, esencial mandato de Jesús: id pues y enseñad a todas las gentes… enseñándoles a guardar todo lo que os he enseñado (Mt 28), San Josemaría le daba especial prioridad a la formación de la juventud, y si se trataba de universitarios mejor; después podrían llegar más lejos y con mayor autoridad.

En cuanto pudo y sin poder promovió la institución de Colegios Mayores para universitarios. Muy pronto puso en marcha la Universidad de Navarra; después vendrían otras esparcidas por el mundo. También alentó centros de formación profesional, como Torrealba y otros, e impulsó clubs juveniles y colegios de enseñanza media, que acogiesen una cuidada formación religiosa e inspiración cristiana de su ideario. Porque, efectivamente, para llegar a todos hay que llegar.

Consciente de que el Evangelio es para todos, de que la llamada a la santidad es universal y de que la responsabilidad apostólica no se debe eludir, San Josemaría siempre dio mucha importancia a la formación doctrinal-religiosa y a la formación espiritual: a la experiencia del trato de tú a tú con Dios en la vida de oración. Que no son cosas éstas para privilegiados, decía convencido y convincente, que son feliz consecuencia de la filiación divina que recibimos en el Bautismo. Son derechos y deberes de la vida de fe en Cristo.

Es lógico que demos gracias a Dios por estar ocupados en estas tareas tan tuyas, Señor. Que demos gracias a San Josemaría, que con tanta fidelidad puso los cimientos de estas labores apostólicas, y nos puso y sigue poniendo en disposición sobrenatural para que sirvamos. Demos gracias a Benedicto XVI, que con su desvelo pastoral cuánto nos está ayudando, en este Año de la Fe, para que seamos más santos. Pidamos a San Nicolás que no nos falte su ayuda y a Santa María que presente nuestras acciones de gracias y nuestras súplicas a su divino Hijo en este Sacrificio Eucarístico. Así sea.

Pedro Rodríguez Mariño, Presbítero, Capellán de Torrealba en los primeros años.